Japón – 26 de enero

A las 1030 de la mañana del 9 de agosto de 1945, el mayor Charles Sweeney, ante la pérdida de combustible, la mala visibilidad, y la aparición en el radar de la fuerza aérea japonesa, decide abandonar Kokura, y vira hacia el segundo objetivo: Nagasaki.
El B29 “Bobskar” ingresa al espacio aéreo de Nagasaki alrededor de las 1100 de la mañana, y decide lanzar la bomba “Fat Man”, más poderosa que la que golpeó Hirsohima. La mala visibilidad y la situación de emergencia a causa de una fuga de combustible llevan a Sweeney a errar el objetivo y deja caer la bomba-A en una zona montañosa.
La explosión en su furia de calor, fuego, y radiación arrasa la ciudad de Nagasaki. Los arsenales y astilleros de Mitsubishi quedan desintegrados, al igual que gran parte de la ciudad. Nagasaki a diferencia de Hiroshima fue fundada en un territorio montañoso, por lo que la contundente explosión causó menos bajas que en Hiroshima. Aún así el golpe fue terrible: 80.000 víctimas en un instante.
La ciudad es amplia, está conectada por tranvías. El sol brilla y son las 1100 de la mañana. La misma hora que hace 73 años cuando una bomba-A cambió la historia. Veo a la gente silenciosa caminando alrededor. Siento el mismo escalofrío que en Hiroshima. De la estación voy corriendo al tranvía 3 que te conduce al museo de Nagasaki.
El lugar es un amplio parque en una colina en donde encuentro un salón dedicado a las víctimas. Es un espacio tranquilo diseñado con vidrios y columnas. La principal guarda los nombres de todas las víctimas del ataque. Luego paso las horas viendo los recuentos de los sobrevivientes. Es interesante cómo cada uno aborda de forma diferente el mismo evento. Algunos se centran en los detalles de la explosión, otros en el momento posterior, algunos hablan de los días y meses que siguieron. No pocos afirman que durante años nunca quisieron tocar el tema.
Salgo del museo golpeado por el mal que consume a nuestra especie. La ansias de poder a toda costa. De imponerse al otro. De vencer, de venganza, el odio, tantas sentimientos negativos que nos carcomen de adentro para fuera. La paz es la respuesta a todos los problemas. Un comportamiento respetuoso, sincero, amistoso hacia el otro. En fin, todos conocemos la enfermedad y la cura. Pero no hay voluntad para salvar a nuestro mundo.
Nos encontramos en el 2018 en una generación de transición. El mundo aún enfrentará grandes desafíos, y la humanidad tendrá que definir que camino tomará. Muchos nos llevarán a la extinción de la especie, y solo uno, el de la paz verdadera, nos salvará.
Veremos que eligen nuestros hijos y nietos. No nos queda más que impartir buenos valores y esperar lo mejor.
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Japón – 24 y 25 de enero

Llego a la estación y abordo el Sonic 33. Es un tren que me transporta a 1970. El exterior es rojo con franjas blancas y en cada puerta doble marca el número 3. El interior posee diseños modernos, aerodinámicos, de formas estrafalarias como si estuviera dentro de un episodio de los Supersónicos.
Guardo mi mochila en el compartimiento superior que se abre hacia abajo y caigo en un asiento delgado pero sumamente cómodo. El camino a la ciudad de Beppu es agradable y tranquilo. Beppu es la capital japonesa de las aguas termales. En el pasado era considerada como una tierra maldita por las aguas que alcanzan una temperatura de 95 grados, y los cocodrilos que las circundan.
Con el tiempo los japoneses aprendieron a regular las temperaturas del agua para hacerlas tolerables al cuerpo humano. Arribo a la pequeña estación de Beppu, que hace de centro comercial y punto de encuentro de la pequeña ciudad portuaria. Salgo a la calle y encuentro una fuente con un pequeño volcán bramando agua roja y humeante. El cartel invita a uno a sentir la temperatura. No sin miedo acerco el dedo índice a la superficie del agua para notar que el agua está tibia.
El día es fresco y las nubes blancas se tornan grises cada tanto. El viento sopla con energía, retiro mi bufanda de la mochila, y la lío al cuello varias veces. Sigo el GPS que me dirige hasta mi nuevo albergue. Dejo las cosas y parto a buscar el primer onsen (aguas termales en japonés). A un minuto del hotel se encuentra el prestigioso e histórico Takegawara Onsen que funciona ininterrumpidamente desde 1879.
Me desoriento y voy hacia el norte, cuando me doy cuenta, la tarde su vuelve más fría. Llevo mi mano a la bufanda para brindar más calor a mi nariz y boca, y regreso. Encuentro el famoso onsen en el medio de una zona roja. Ingreso al recinto y una señora me exige 100 yenes, que equivalen a 1 dólar. Un precio regalado. Pago el precio con una sonrisa, me quito los calzados y avanzo hasta los baños públicos. Un señor me ve entrar y se dispone a salir. Sale de una pileta de cinco metros por cuatro desnudo. Llevo mis ojos al techo y veo las instrucciones del lugar.
Las leo y todas indican que primero hay bañarse sentado en una silla de niños con una cubeta de madera, y luego uno entra a las aguas termales. No hay vuelta atrás. Vine para experimentar las aguas termales japonesas. Me desvisto y procedo a lavarme con la cubeta. El agua es caliente pero soportable. Me encuentro solo en el lugar ya listo para probar las aguas.
Me acerco a la pileta e ingreso la mano derecha. De inmediato la quito del dolor que me produce la temperatura. Mi mano está roja y levemente inflamada. “No puede ser”, digo. Vuelvo a intentar y el resultado es el mismo. Pienso cómo es posible que el señor que se acaba de retirar estaba dentro sin ningún inconvenientes. Veo un pequeño grifo en la esquina izquierda de la pileta, y lo abro. Un chorro de agua fría empieza a caer en la pileta. Busco en el lugar otros grifos y encuentro dos en la pared opuesta, en el ángulo derecho. Llego hasta ahí y abro otro grifo que entiendo que deba llegar a la pileta. No estoy seguro pero no queda otra que probar.
Vuelvo a la pileta, me siento en el borde y pongo los pies. El agua está caliente, muy caliente, pero resisto. De a poco voy hundiendo las pantorrillas, las rodillas, los muslos, e ingreso hasta el estómago. El agua quema. Pareciera que está a punto de entrar en ebullición. Considero que mi cuerpo no está acostumbrado a las aguas termales, ya que en mi memoria más allá del sauna, no recuerdo haber probado estas clases de piletas.
Junto fuerzas y de a poco el cuerpo se adapta. Otro señor ingresa, se lava y entra a la pileta sin ningún problema. No entiendo por qué pero de toda la pileta elige ingresar exactamente enfrente mío. Primero miro al costado, y como el señor me mira fijamente, lo miro a los ojos y asiento. El señor pregunta si soy de México. Y digo que no. Le indico mi país y el señor asiente, pero por lo visto nunca lo oyó. Más personas ingresan y entran a la pileta sin ningún drama. Hacía rato había cerrado el grifo.
Aguanto una media hora, luego me baño de vuelta, y entro y salgo de la pileta. Pero el cuerpo pide acabar la sesión. Me enlisto y regreso a las calles de Beppu. La noche está fresca y el cuerpo relajado. Voy al hotel en busca de una cerveza y caigo dormido con una sonrisa.
Al día siguiente, la mañana es clara y el sol brilla con cierta energía. Me despido de la gente del hotel y voy a recorrer los ocho infiernos de Beppu. Que son pequeños estanques de aguas hirvientes, algunas en ebullición, de distintos colores: azul cobalto, rojo, gris, marrones, que se formaron luego de la explosión de un volcán hacía unos mil años. Mi amigo de Tokyo me avisa por mensajes que el anillo de fuego está activo. Que esté atento ante la posibilidad de la erupción de un volcán, un terremoto, o un tsunami. En el caso de las tres posibilidades estoy en un mal lugar. Pero no queda otra que continuar.
Parto al mejor onsen recomendado de la ciudad. Que está instalado en lo alto de una montaña que mira a toda la ciudad. Es el Tanayu Onsen. En el camino descubro que las aguas del Takegawara Onsen llegan a 45 grados, y lo normal en cualquier onsen, son los 30 grados. Al parecer es un lugar extremo. Y me siento satisfecho de haberlo superado. No creo que haya ningún onsen que me pueda causar daño.
Un bus va a la cima de la montaña gratis y te lleva a un hotel de cinco estrellas en donde al costado se encuentra el Tanayu Onsen. Ingreso al lugar y pago 1200 yen, o 12 dólares. Entro en un vestidor de primera línea, me quito la ropa, y voy a experimentar este onsen. Sin muchas expectativas pero con ganas de relajarme.
Abro las puertas y no puedo creer lo que veo. A la izquierda se encuentran tres piletas personales que son alimentadas por ánforas. En el centro una pileta bajo techo humeante, y a la derecha, una gran pileta de cinco niveles. O cinco piletas que caen como cascadas hasta el borde de la montaña en donde se puede apreciar la vista de la ciudad. A la izquierda se encuentra una cadena montañona, en el centro las casas de conforman la ciudad, y a la derecha el mar. Abro los ojos y me dejo llevar por el ambiente de calma, paz, y majestuosidad. Es tal vez el lugar más hermoso que me tocó hacer pie. Ingreso a la pileta superior, y voy bajando como un niño, nadando, dando vueltas, hasta el borde de la montaña. La última pileta está separada del abismo solo por un borde de piedra. El panorama es increíble, en el cielo azul las nubes como algodones se van desarmando, y en el horizonte una línea celeste más clara que el cielo la divide del mar.Los buques mercantes y de placer llegan al puerto. Y las gaviotas y cuervos dan vueltas en el cielo.
“Qué excelente día”, pienso. Me quedo un par de horas, y luego me pongo en marcha a mi siguiente destino: Nagasaki. Cómo el recorrido es largo decido dormir en Kitakyushu. Antes de llegar a la estación aprendo que ambas ciudades guardan una relación fundamental con respecto a la bomba atómica que terminó la Segunda Guerra Mundial. Pero eso le dejaremos para la siguiente entrada.

Japón – 23 de enero (continuación)

Abro una segunda parte de mi estadía en Hiroshima, luego de haber superado los pensamientos sobre el fin de la humanidad.
El museo de la catástrofe de Hirsohima muestra en el primer salón una maqueta interactiva de como la ciudad fue hecha trizas por los americanos.
En el siguiente espacio, uno encuentra videos con las historias de los sobrevivientes. Historias escalofriantes que veo por más de una hora.
Creo que hay contenido para seguir viendo por otras tres o cuatro horas más en donde los sobrevivientes cuentan cómo vivieron la explosión, y lograron milagrosamente sobrevivir.
Todos concuerdan que la explosión inició con un flash de luz, y a continuación todo se volvió negro. La oscuridad invadió la ciudad. El poder de la bomba derribó a todos al suelo, y los que lograron vivir, fue porque en esa caída cayeron bajo alguna pared que resistió la grave explosión.
De una población de 360.000 habitantes la ciudad perdió a finales de 1945 alrededor de 140.000 habitantes. Las historias relatan en mayor o menor medida que salían a las calles heridos, con la piel quemada, que les caía en colgajos, y veían a los que pronto iban a perecer, desnudos, caminando como muertos vivientes, horrorosamente quemados, muchos sin piel, sin cabellos, con las manos extendidas hacia adelante, la lengua afuera y los ojos perdidos.
Caminaban hacia las afueras de la ciudad para ir a morir en silencio al costado del camino. Lentamente se sentaban, y perecían cayéndose de espaldas, o recostados en un árbol.
Salgo del museo con la mirada perdida, extraviado en este mundo que llamamos tierra. Me paso la mano por la cara y siento que la bomba cae una vez más. Veo la luz, la oscuridad, y siento el calor insoportable, que quema mis músculos, y desintegra mis órganos interiores. La muerte sobreviene como un respiro a la desesperación y dolor que me consumen.
Abro los ojos y el sol brilla, y la ciudad persevera. El castillo de Hirsohima construido en 1590 fue reconstruido en 1958. Las casas fueron rediseñadas al igual que los edificios. El tranvía vuelve a correr las calles como en la mañana del 6 de agosto de 1945.
Doy vueltas por la ciudad y encuentro un pasaje subterráneo. La ciudad construyo en vez de trenes subterráneos: pasajes, pasjes laberínticos que conectan distintos puntos de la ciudad. Tal vez como un refugio ante un eventual conflicto. No lo sé ni me animo a preguntar.
Cierro la entrada sobre Hiroshima, y deseo a la humanidad, que evolucione y llegue a un estadio, no de felicidad, sino tan solo de paz.

Japón – 23 de enero

La ciudad de Hiroshima te invita a reflexionar sobre la humanidad. Es una hermosa ciudad de 5 kilómetros de diámetro, dividida por ligeros ríos que desembocan en el océano; poblada con tranvías eléctricos, paseos, parques, castillos antiguos, y una población silenciosa que habita en un terreno plano y circular, circundado por una cadena montañosa.
El día es fresco pero soleado. El cielo permanece celeste y las nubes escasean. Llego a la estación, y de inmediato salgo a la calle, subo a un tranvía que indica que va al punto céntrico de la ciudad, el lugar exacto donde cayó la bomba-A el 6 de agosto de 1945 a las 8:15 am.
Bajo del tranvía y un escalofrío recorre mi espalda. La sola idea de que estoy recorriendo la misma ciudad que desapareció en una explosión me quiere tirar al suelo, pero persisto e intento caminar recto. La gente camina seria y es más fría de lo normal. Me miran de reojo y me siento culpable. “¿Por qué?”, me pregunto. No soy americano, estoy en contra de las guerras. Doy unos pasos y me detengo.
Me doy cuenta que de alguna forma represento a la civilización occidental, la misma civilización que los obligó a abrir sus puertos a los extranjeros, y la misma civilización que bombardeó violentamente todo su país, y que coronó el ataque con dos bombas fuera de serie: las bombas atómicas. Bombas capaces de erradicar en una ola de fuego, calor y radiación todo lo que encuentra a su lado en un radio de 5 kilómetros. Sí, 5 kilómetros al igual que las dimensiones de Hiroshima.
Miro al domo-A, una construcción en ruinas que se mantiene en pie porque la bomba cayó en ese mismo punto y estalló a 600 metros de la superficie, no entiendo bien la razón, pero la bomba arrasó con todo a su alrededor, pero ese edificio sigue parcialmente en pie.
La primera sensación de pisar la zona 0 es de terror, un terror inexplicable: es como una náusea verdosa y amarillenta que envuelve a mi estómago y da vueltas y vueltas.
El poder destructivo de la humanidad es escalofriante.
Los pensamientos que recorren mi ser me preocupan. Pienso, que si justificamos la existencia de nuestra especie por nuestrtea capacidad de brindar amor a nuestros semejantes, también está justificada nuestra extinción por nuestra capacidad de ejercer una violencia oscura y desmedida.
La historia de la humanidad fue escrita con la sangre de la espada, el plomo del fusil, y desde el siglo XX con las armas químicas y las bombas atómicas. De que más somos capaces, es un pensamiento que se me viene a la cabeza y atormenta mientras camino por las calles de Hiroshima.
La gente me sigue mirando con cierto recelo, un acto al que estoy acostumbrado en todos los países que camino.
Un ciudadano de la ciudad X siempre mira con un cierto grado de xenofobia al ciudadano de la ciudad Y. Está en nuestra configuración limitada de ser humano. El solo hecho de ser diferentes, sea por la piel, idioma, raza, religión, ideas, genera en el otro un rechazo. Un rechazo que lo exterioriza a través de un comportamiento hostil, frío, rencoroso, o malicioso.
Con los años aprendí a aceptar que nuestra especie sufre de una estupidez ilimitada. Y hemos llegado a donde llegamos, y de la forma que lo hicimos por esta estupidez ilimitada. Desde tirar la cáscara de una banana en la acera, hasta asesinar a alguien por no controlar nuestras pasiones, o hasta lanzar una bomba lo suficientemente poderosa como para erradicar una ciudad junto a 150.000 habitantes.
Podremos evolucionar a ser una sociedad pacífica. El imperio de Japón en la actualidad es una de las sociedades más pacíficas del mundo, exactamente desde 1945, cuando enfrentó la extinción de su pueblo en primera línea. Esta situación me hace pensar que para el mundo evolucione a un lugar pacífico, y la humanidad merezca sobrevivir, falta mucho tiempo.
El orden mundial en donde las bombas atómicas son una realidad, en donde los ejércitos son una realidad, e incluso la venta de armas, de forma legal o ilegal; son una realidad, está lejos de ser el paraíso que todos ansiamos.
El tiempo dirá si podremos llegar a ese estadio, no estoy seguro que lo logremos, pero si lo hiciéramos, haría falta una serie de guerras mundiales más, que espero no presenciar en mi vida.
El tiempo dirá a dónde irá a parar esta especie X, que habita un planeta Z, en un recodo del vasto universo. En estas reflexiones me encuentro, cuando en un abrir y un cerrar de ojos me doy cuenta que es inútil extenderme.
Cierro la presente entrada con un suspiro y un poco de sueño.

Japón – 22 de enero

Fukuoka

Fukuoka es una gran ciudad portuaria que mira a la ciudad de Busan en Corea del Sur. Está dividida por ríos que desembocan en una oblicua bahía.

La ciudad es similar a Osaka o Tokyo en definitiva. Unos días en Japón me dan la idea que el desarrollo urbano del país fue uniforme, y equilibrado. La red de trenes desde el siglo XIX conecta al país, la adición del tren bala, la hace aún más accesible.

Me pierdo en los trenes de la ciudad y apunto a la costa. Deseo ver el mar de Japón. Dejo mi mochila en el hostel, y parto siguiendo los escasos carteles en inglés. Apunto a la estación de Mitoma y salto al tren.

Llego en 40 minutos a la estación, es bien temprano, el cielo está gris, y el viento es moderado. Bajo una estación de largas escalinatas y avanzo hacia el oeste. Subo un camino sinuoso al borde de una colina, e ingreso a un bosque, que está demarcado por un camino que dobla al norte del lugar. Como quiero llegar al mar y el camino me lo impide. Decido superar las barreras y acercarme a la costa.

Miro a ambos lados. No hay moros en la costa, entonces cruzo los límites y me acerco al mar. Escucho el rugir de las olas. Llego una barranca y el paisaje es majestuoso. Las olas lamen la arena de una playa oblicua. Pero el viento sopla con una intensidad inusitada. Poderoso, furioso, ruge y me lleva hacia atrás. No estoy exagerando una palabra. El viento sopla con tanta fuerza que las aves arriba mío vuelan hacia atrás contra su voluntad. Intentan planear hacia el este y son obligadas a doblar a los costados. Los árboles se balancean y están a punto de saltar de la tierra. Agarro mi teléfono con fuerza e intento grabar el golpe de viento pero es inútil. La realidad no puede ser capturada. Por un instante pienso que un maremoto está a punto de tener lugar. En varias playas y bahías de Japón uno ve las señales de peligro de tsunami. Entonces, es una posibilidad que no puedo desconsiderar.

Sea como sea debo huir. Doy vuelta atrás y regreso a la ciudad. La chicos van a la escuela en sus uniformes azules, caminan en silencio. Un señor en la esquina guía el tránsito, y me invita a cruzar. No escucho una sirena y no veo ninguna señal de preocupación. Al parecer solo fue un mal presentimiento. Ingreso a un comedor y desayuno.

Leo en internet que esta ciudad fue el punto de dos invasiones lideradas por Kublai Khan, el nieto de Genghis Kahn. El imperio japonés desconoció su poderío, en dos ocasiones, y en dos ocasiones fue invadido. En las dos veces el viento le jugó una mala pasada y destruyó su flota. De ahí viene la frase de viento sagrado, o en japonés: Kami Kaze.

El resto del día lo paso descansando. Es un buen momento para meditar sobre el porvenir.

Recuerdo la frase de García sobre las nuevas olas, busco un café y lo doy vueltas con la cuchara.

Japón – 21 de enero

La ciudad de Osaka es inconmensurable al igual que Tokyo. Gigantescos edificios modernos se conjugan los más feos de la posguerra. La red de tren y el metro es tan compleja y confusa como Tokyo.

Los agentes del JR PASS me reciben con una sonrisa y me explican que el principal sitio histórico de la ciudad es el castillo de Osaka. Acepto la sugerencia, ajusto la cinta de mi mochila y parto de inmediato al castillo.

Llego a la estación indicada y en la salida avanzo por un puente moderno. En la parte de abajo veo locales occidentales de comida. Luego veo a la izquierda un punto verde. Es el castillo de Osaka. El símbolo de la unión de Japón en el siglo XVI. Una estructura despampanante. Una pagoda sideral que observa a la ciudad con orgullo y armonía.

Camino varios minutos para llegar al lugar. El castillo está bordeado por un cauce de agua artificial. Unos botes dorados lo circulan.

Ingreso al castillo que relata la historia de su construcción, y resalta la principal figura histórica de Japón: Hideyoshi.

La historia de Japón se remonta por miles de años, pero la unificación de la isla tuvo lugar recién en el siglo XVI. Infinitas guerras civiles desangraron a Japón. Me hace recordar a mi colega de Nepal que sorprendido por la guerra que sufrió el Paraguay en el siglo XIX, y compararla con las suyas, me afirmo: La historia de la humanidad se escribió con sangre.

Al salir del castillo que resplandece en el centro de Osaka, me dejo capturar por su poder magnético.

A la tarde me dirijo a la zona de Nippinbashi y Dottombori, conocidas por ser el centro nocturno y comercial de Osaka.

A continuación, llego a un hostel minúsculo, en donde más de una docena de camas están apiladas en una habitación de un ambiente. Levanto las cejas pero igual me desplomo en la cama, agotado y rendido.

Al día siguiente me despierto a las seis de la mañana y me dirijo a la costa de la ciudad con la intención de ver “el sol naciente”.

Abordo el metro hasta la última parada de la línea verde, descendí unas escaleras hasta encontrar un parque que se extiende a lo largo de la bahía. La bahía de Osaka mira a unos islotes colmados de contenedores, y una serie de puentes oblicuos  a lo lejos.

Al caminar mis primeros pasos en el parque un pájaro cantor revolotea al lado mío. A continuación, fijo la mirada en el océano Pacífico y veo un gigantesco barco de carga, que lentamente es seguido por otros más pequeños, una sucesión infinita empieza a ingresar en la bahía que es guardada por dos faros, uno rojo en la punta norte del parque, y otro blanco en el islote principal.

El cielo clarea, pasa de un color grisáceo a uno azul. A mi lado pasa una señora bien abrigada que camina agitando los brazos, y unos pasos adelante encuentro a un ciclista tomando un respiro en la barandas del parque. Posa el brazo izquierdo en la viga superior mientras bebe una bebida energizante con la derecha.

Lo imito y descanso mis brazos, el clima está fresco; miro al horizonte esperando al sol naciente. El principal misterio para mi es si será rojizo o dorado como en el resto del mundo.

Lo espero unos minutos hasta que caigo en cuenta que una luz poderosa brilla a mis espaldas. Doy la vuelta y un sol níveo rodeado por una aura anaranjada despunta con una energía impresionante.

Abro bien mis ojos.

Al parecer elegí esperar el amanecer en una codo de la bahía que dobla hacia el norte. El sol me ciega y me ilumina.

Reconozco en ese instante, que este viaje tan largo siempre tuvo el objetivo de ver el amanecer desde este preciso lugar. Cierro los labios y asiento con la barbilla.

Un ave vuela al ras del mar y una serie de caminantes empiezan a poblar la bahía.

Son las 7:30 de la mañana y concluyo la tercera entrada.

Japón – 20 de enero

Dia 2 Kyoto

El tren bala estaciona puntualmente en la estación de Kyoto. La antigua capital del país. Es una tarde preciosa de invierno. El sol ilumina de forma tenue la ciudad.

La estación de Kyoto es moderna, de altos techos blancos, e inmensos corredores. Un grupo de personas aguarda en el suelo alguna conexión de tren y otro camina en una columna hacia el andén. Desciendo unas amplias escalinatas y salgo a la ciudad.

Paro unos minutos en un cómic café. Un espacio donde se reúnen personas de todas las edades a leer cómics y jugar video juegos. El tufo y humo que recorre el lugar me da náuseas. El local está abierto 24 horas y cuenta con duchas y un espacio para que las mujeres puedan maquillarse, como si se tratase de una peluquería. Con amplios espejos, secadoras de pelo, y peines de todas las formas y tamaños.

Lo primero que me viene en la cabeza es: sólo en Japón uno se encuentra con estos lugares. Veo unos cómics por unos minutos y me dirijo al hotel.

Empiezo a caminar por la ciudad de Kyoto. El desarrollo urbano de Japón tuvo una explosión en la posguerra. Kyoto al igual que Tokyo está dominado por edificios grises con formas de cajas de zapatos, turrones, lavarropas o cajetillas de cigarrillos.

El problema con la arquitectura de la segunda mitad del siglo XX, según mi entender, es que no cuenta con la belleza, elegancia o gracia de las residencias de siglos anteriores.

Pero poco a poco se dejan ver casas de la preguerra, algunas casas con techos oblicuos y finos detalles.

Avanzo unas cuadras mientras sigo las instrucciones de mi celular. El teléfono vibra y me guía: Doble a la izquierda, avance 500 metros, doble a la derecha.

En una de esas dice cruce al otro lado de la calle. Y me dispongo a hacerlo cuando un auto aparece a mis espaldas. Me quedo helado. Suspiro y guardo el teléfono en el pantalón. “No volveré a escucharlo”, pienso.

Unos minutos más adelante me encuentro con un monumental templo budista. De inmensas casas inspiradas en la arquitectura china. Paso por el costado con la idea fija de volver.

Llego al hotel cápsula y descanso por unas horas.

A la noche me encuentro con una amiga que conocí en Nueva York, y me lleva por estrechos pasajes repletos de negocios de comida al más estilo japonés.

Caminamos por varios minutos sin decidir a donde entrar. Comento que me recomendaron la carne de Kobe y ella sugiere probar el Okonomiyaki.

Las calles delgadas se cruzan con otras iguales. Sin darme cuenta estoy en un laberinto de gente, negocios, carteles luminosos y estrellas brillantes. Es un recorrido hermoso.

Elegimos un lugar impecable y ordenamos unas cervezas Santori y el Okonimyaki, que me hace recordar a un omelet de verduras. La noche pasa volando y el día amanece claro. Las nubes se amontonan y el sol resplandece.

Regresaré a Kyoto para visitar los principales puntos históricos, pero hoy planeo entrar en la segunda ciudad más grande de Japón: Osaka.

La ciudad de Osaka es una ciudad portuaria estratégica que por cientos de años fue el principal centro comercial de Japón.